GYG Rosa Maria Reverte

La Navidad, tiempo que se detiene y que pasa Por GYG Rosa María Reverté

 

Hola querido lect@r, aquí estamos de nuevo, reunidos a través de lo que escribo y de lo que lees. Estos últimos quince días, han sido ocasión de descanso forzado, por una parte, y por otra, de reflexión.

¿Sabes? Una frase me ha perseguido desde el dos de diciembre: tiempo que pasa, y tiempo que se detiene. Estamos a días de celebrar la Navidad. Independientemente de las creencias religiosas que profeses, esta época se ha convertido en un ícono sobre las reuniones familiares y de los amigos. En nuestro país, estas tertulias se anticipan con las posadas, que tal como lo veo, parecen las cenas navideñas que celebramos con los amigos y compadres.

Todo se transforma en luz, en mensajes de amor, en coronas de adviento, en árboles bellamente decorados, en música, en muy pocos “belenes”, tristemente, en fin, en ambiente festivo. Sin embargo, querido amig@, son fechas donde el tiempo pasa y también se detiene.

Para muchísimas personas en esta Navidad, el tiempo se detiene, en esta ocasión, habrá un asiento vacío, una risa que no se escuchara, una voz silenciada,… Será motivo de añoranza, y al mismo tiempo, el recuerdo de la Navidad inmediata anterior nos hace conscientes de que el tiempo pasa. Por lo tanto, estaremos acompañados por todos aquellos que nos aman, y que, todavía, están con nosotros.

Estoy convencida de que sí no has vivido una perdida no podrás entender este concepto sobre el tiempo: tiempo que se detiene, tiempo que pasa. Te advierto, que al hablar de pérdida no solo me refiero a la muerte, sino a todos aquellos cambios que inciden existencialmente en tu vida. Tendemos a tener una ilusión de permanencia, a creer que las cosas van a ser así por siempre. Especialmente, cuando las circunstancias de nuestra vida son favorables a nuestros deseos, difícilmente, pensamos en la posibilidad de que ello desaparezca. Del mismo modo, a la inversa, cuantas veces, cuando la situación es dolorosa y desgarradora, llegamos a creer que la vida no nos volverá a sonreír. Querido amig@, el tiempo parece detenerse pero pasa. En esta ocasión quiero, hablarte, a ti, que vives esta Navidad con el corazón dividido. Recuerda que la Navidad es la fiesta del amor, y el amor no es cuestión de geografía.

No se trata de que estén aquí, en Nueva York, o en la Ciudad de México, en el cielo, o aquí a mi lado. El amor rompe las fronteras del tiempo y el espacio, y eso es lo que celebramos. Qué el amor es más fuerte que el dolor, más fuerte que cualquier distancia, más fuerte que la muerte. Te regalo este cuento que, hace años, compartimos en el taller de la esperanza. Con todo mi cariño, espero, deseo que en esta Navidad triunfe el amor y el Amor habite en tu corazón, sí es así nada está perdido sino preservado. <<Se acercan las Fiestas y empiezan los preparativos: los regalos, la decoración, el menú de la cena, el lugar donde reunirse... Y aparece la pregunta inevitable:

“¿Cuántos somos el 24?”. Y en la respuesta, aparecen, implícitamente, las “sillas vacías”, las personas que no están... La persona que está lejos, la que la vida llevó por otro camino, la que eligió no estar, la que se enemistó, la que se llevó la muerte... Y aparece la tristeza. Y las “sillas vacías” duelen. Y necesito ese abrazo contenedor y prolongado que no va a llegar... Y extraño tu sonrisa...Y los ojos se llenan de lágrimas... Y duele... Pero es la realidad. Y a la realidad hay que aceptarla...

Entonces suspiro hondo y giro la cabeza. Y veo las “sillas ocupadas”. Son las personas que me aman. Y sonrío. Así es parte de la vida: pérdidas y ganancias... Así voy a brindar el 24, con lágrimas contenidas por las “sillas vacías”, y sonriendo desde el alma por las “sillas ...ocupadas”...

Feliz. Sí, feliz a pesar de la tristeza. Porque ser feliz no es necesariamente estar alegre. La alegría es una emoción pasajera que termina cuando el buen momento finaliza.

La felicidad es otra cosa. Es un estado del alma. Ser feliz es estar en paz.

En paz sabiendo que estoy recorriendo el camino correcto, el que coincide con el sentido de mi vida, el de mis errores y triunfos, con mis miedos y mi coraje... Mi camino, el que yo elegí. Un camino en el que hice todo lo que pude, y más, por los que no están, a los que me brindé incondicionalmente, a los que amé... Y en el que doy todo lo que soy por aquellos que siguen aquí.>>

Testigos de esperanza

 

Como cada quince días nos volvemos a encontrar querido lector. Hoy quiero hacer un homenaje a todos aquellos a quienes he llamado testigos de esperanza.

Hace diez años, una muy querida amiga, Rocío, me pidió que me animara a abrir una taller del duelo. Según su propia experiencia era necesario que más personas tuvieran la posibilidad de sentirse acompa- ñadas en el transitar de la pérdida de un ser querido. Así se dio inicio al primer taller. No pasó mucho tiempo antes de que una de ellas, María Fernanda, propusiera cambiar el nombre. Recuerdo que se negó a que se llamara taller del duelo, “cada semana vengo aquí y lo que me motiva es la esperanza, no el dolor”. Así queda instalado el taller de la esperanza, y a partir de esa primera generación, surgen para el mundo y para mí los testigos de esperanza.

Es imposible nombrar a todas, pero si puedo expresar mi agradecimiento a todas y a todos. En el taller se fueron acuñando frases que se convirtieron en consignas que han llegado a muchas otras personas. De antemano pido disculpas a mis queridos testigos de esperanza porque con toda seguridad no nombraré a todos, mi memoria no recuerda tanto como me gustaría que hiciera. A Rocío, le debemos la frase: “se puede ser feliz con una dosis de sufrimiento en el corazón”. Las personas piensan que la felicidad es el antónimo del sufrimiento, no es así.

Decir que somos infelices es una afirmación que hemos de tener cuidado de pronunciar. Podemos sentir tristeza, desaliento, enojo, amargura, etc pero decirnos infelices es tanto como demeritar todos los otros bienes que existen en nuestra vida. Podemos gozar, amar, agradecer todo aquello que sigue presente en nuestra existencia: personas, objetos, posesiones, naturaleza, etc., aún cuando nuestro corazón llore y extrañe a la persona que ya no está con nosotros. A Blanca, “pase lo que pase, pasa”. En los tiempos de tormenta, en esos días y temporadas donde la oscuridad parce reinar nos resulta inverosímil pensar que no exista otra realidad más que ésta que estamos viviendo. Sin embargo, aunque te parezca imposible de creer, esto también pasará.

No sé cuando, no se cómo, pero pasará. Se dice que el momento más oscuro de la noche son los momentos previos al amanecer. No temas, pase lo que pase, pasa. Samanta nos regalo esta afirmación: “prográmate a no programarte”.

Cuantas veces, la imaginación, nos hace angustiarnos o preocuparnos por eventos futuros, y una vez que ocurren te sorprendes porque la realidad no fue tan dramática como lo que imaginaste. Al dejar de tocar el presente y permitir que la imaginación se desboque presentando lo peor de los escenarios perdemos energía, sufrimos por anticipado y vivimos alterados. Cada día tiene su propio afán, decía santa Teresa, es decir, que vivir anticipadamente los eventos no hace que el impacto sea menor, o incluso, puede ocurrir que aquello para lo que te preparaste nunca ocurrió o al menos no de la forma en que lo habías pensado.

A Tere, le debemos “es un escenario agridulce”, es decir, el dolor de la ausencia del que amamos se une a la alegría de la bendición de su vida.

Cuánto bien sucede después de la muerte de un ser querido: se ordena al vida ponderando lo importante de lo accesorio, las personas que se han hecho presentes y que se han convertido en luces en nuestro caminar, la familia que nos sostiene aún cuando no somos capaces de reconocerlo, los mensajes diarios de la naturaleza que despiertan nuestra conciencia, etc… sí todo ello es dulce, y sin embargo que amargo es vivir día a día tu ausencia.

Titi, ella todo lo dice con música en su interior, “pasito, tun, tun…. pasito, tun, tun,… pasito pa delante… pasito pa detrás”. Aprender a vivir en este nuevo normal, en este escenario que vino para quedarse, no es como un camino rectilíneo que una vez que inicias solo has de continuar. En el proceso de recuperar la vida, vas pasito a pasito, unos pa delante, y otros pa detrás. Y no pasa nada, así es.

Solamente no dejes de dar pasos, y cuando vayas hacia atrás, no temas, detente, decide, y regresa hacia delante. Marife acuñó una frase: “yo… viuda”. Aún cuando la nueva situación sea dolorosa, hemos de aprender a relacionarnos con ella pues no va a cambiar. En la medida que se asume, la vida va re orientándose y vuelve a encontrar su sentido y significado. Huir de lo que es evidente a pesar de nuestro malestar, enojo o tristeza sólo hará más difícil tu vida.

No has de temer olvidarlo, pues aunque la memoria llegue un día en que falle, lo que importa es la memoria del corazón. Así, muchas y muchos más, son hoy testigos que van regalando esperanza a este mundo tan carente de ella.

Gracias y Gracia, a todos mis testigos de esperanza, eternamente agradecida.

Ser buscador del bien

Hola querido lector, en esta ocasión vamos a ‘filosofar’ un poco. La próxima semana cumpliré 57 años, cada cumpleaños tengo la costumbre de hacer una revisión de lo que ha sido mi vida hasta este momento. Lo primero que viene a mi mente es el agradecimiento. En primer lugar porque muchas personas no han celebrado 57 años porque murieron antes de poderlo hacer. Así que soy muy afortunada de poder ser yo quién te diga que es mi cumpleaños.


El otro día, paseando a nuestro perro, mi vista paseaba por el paisaje que nos rodea. Vivimos en un lugar donde faltan muchos terrenos por construir. Cada paseo es un contacto con la naturaleza en su estado salvaje.


Los arboles ya están sufriendo cambios. El otoño ya se hace patente, las hojas caídas forman una alfombra de colores ocres, naranjas y marrones. Justo cuando caminaba, fui testigo del caer de muchas hojas. Los arboles empiezan a soltar, a desprenderse de su follaje para hacer frente al invierno con lo estrictamente necesario y garantizar su sobrevivencia ante los embates del mismo.


Y eso, querido lector me llevó a meditar sobre mis años. Estoy en el otoño de mi vida. Los años floreados de la primavera hace ya mucho tiempo que han pasado. Mi primavera fue espectacular, la verdad sea dicha. En esa época tomé las grandes decisiones que fueron hito en mi existencia, que dieron sentido a mi vida, entendiendo sentido como dirección, es decir, orientaron mis pasos.

Estudié una carrera profesional que aunque no ejercí como tal, los años en la universidad me enseñaron dos: resolver problemas, discernir y aprovechar oportunidades.  Después contraje matrimonio con el hombre que ha sido el mejor compañero de vida que pude elegir.  Nos mudamos a León, Guanajuato, desprendiéndonos de las seguridades familiares, sociales y profesionales. Nacieron nuestros cuatro hijos. 

El verano fue la etapa de mi vida más fructífera. Encontré mi verdadera vocación: la docencia. Profesionalmente descubrí la belleza del mundo adolescente y juvenil, aprendí tanto de mis alumnitos.


Forjamos a nuestros hijos, cuatro jóvenes maravillosos. El hecho más trascendente de esta época fue mi encuentro personal con Dios, todo palidece ante este evento. Las amistades que se dieron en esta etapa se enraizaron en mi alma. Nuestro matrimonio se consolidó pues años atrás nos dijimos ‘si’ en el altar y en este tiempo nos dijimos ‘acepto’. Y desde hace varios años he descubierto que vivo el otoño.


El otoño es bellísimo pero el quehacer es totalmente diferente a las dos etapas anteriores. En el otoño más que hacer, empezamos a dejar de hacer. Reconozco que estos años han sido de un continuo desprendimiento. Nuestros hijos empezaron sus primaveras bastan

te pronto, dejando el hogar a edades muy tempranas. Sin embargo, hay otros desprendimientos que se han de vivir, hoy, las fuerzas no son las mismas. Los límites empiezan a ser más sensibles. Sin embargo, querido lector, me siento entusiasmada con el otoño de mi vida. Es tiempo de soltar lo que no es necesario. De volver a lo que es verdaderamente importante.


Tiempo de disfrutar el silencio. Tiempo de descubrir que la soledad no consiste en estar solo sino en ser buena compañía de uno mismo. Tiempo de contemplar con ojos que no tienen prisa. Tiempo de gozar sin la presión del reloj o agenda. Tiempo de crecer hacia dentro. Tiempo de aprender a ser agradecida. Tiempo de relacionarse con el bien de todas las circunstancias de la vida. Tiempo de acoger a todos los que lo necesitan. Tiempo de pensar menos en mi follaje y más en mis raíces. Tiempo de estar pendientes de aquellos que viven el invierno de sus vidas, y de gozar con aquellos que se encuentran en la primavera o verano de sus existencias. Tiempo de tener los brazos abiertos en lugar de las 

manos llenas. Tiempo de menos acciones y más reflexiones. Tiempo de retomar el sentido, ya no en términos de orientación sino de significado. Tiempo de tener tiempo y no sentirte inútil por tenerlo. Tiempo de elevar los ojos al cielo, muchas veces al día, para agradecer a Dios el poder vivir ese día. Tiempo de reconciliación con uno mismo por no ser perfecto. Tiempo de amar sin prisas y de gozar el camino andado. Tiempo de disfrutar a las personas y de usar las cosas, no a la inversa.


En fin, querido lector, cumpliré, Dios mediante, los 57 años, con mi árbol cada día mas deshojado, pero ofreciendo unos colores que ni la primavera puede ofrecer. Colores que evocan calidez, paz, serenidad, gozo, admiración, silencio.


Mis hojas caídas se han convertido en un tapete precioso que otros pisan y hacen que su caminar sea más suave. En verdad, que mi corazón estalla en alabanzas por las bendiciones recibidas. Dios sabe y me sabe, y ante eso solo queda decir Gracias y Gracia.

La belleza de lo diverso

Nuevamente reunidos querido lector, quiero decirte que esos paseítos con mi perro Chuchín son de lo más ilustrativos. Desde hace días, entenderás por qué, una idea no ha dejado de anidarse en mi mente: el tema de las diferencias.

La palabra diferente tiene, para muchas personas, una connotación peyorativa incluso despectiva. Lleva implícitas emociones y sentimientos de temor, de rechazo, de aversión. En esta semana, paseando a Chuchín, quizás porque no he dejado de pensar en esto de las diferencias, nuevamente la naturaleza se convirtió en maestra. Quiero compartir unas fotos que justamente tomé en uno de mis caminares, y espero, que así como yo, contemples la belleza de lo diverso y su maravillosa convivencia.

El paisaje que disfruto es absolutamente disímil y perfectamente bello. Cada árbol, arbusto, flor ha encontrado su espacio, su lugar para vivir. Y la diversidad de cada uno ofrece una armonía de contrastes imposible de no admirar. Cada uno de nosotros es distinto, diferente del otro. Sin embargo, esta cualidad no es una característica propia de la humanidad, es compartida por toda creatura del universo. En nuestras diferencias está nuestra grandeza y nuestra belleza como humanidad, como creación.

En los últimos días, hemos sido asustados por nuestras diferencias: nuestro color de piel, nuestra procedencia o nacionalidad, nuestra religión, etc. Muchas personas están viviendo con miedo simplemente por ser quiénes son como si ello fuera algo dañino.

Las diferencias nos invitan, no a separarnos, sino a crecer en humildad, respeto, tolerancia, paciencia, admiración, testimonio, etc. Despiertan en nosotros la creatividad para relacionarnos, para trabajar en comunión, para afianzarnos en nosotros mismos sin oponernos a los otros. Incluso, lo que llamamos defectos son un llamado a la virtud, no a la exclusión o separación. Santa Catalina de Siena, decía que la virtud se prueba en el defecto ¿qué quiere decir esto? ¿cómo puedo afirmar que soy generoso si vivo rodeado de personas que viven la generosidad? Sin embargo, sí eres generoso, por ejemplo, con alguien que se parezca a Scrooge o a Rico Mac Pato, avaros ejemplares, entonces, puedes decir que en verdad eres generoso dado que ninguno de los dos va a apreciar tu gesto, incluso, pueden llegar al sarcasmo de la burla.

Cuánto más el ser humano se centra en sí mismo, cuando los juicios personales se absolutizan, cuando nos alejamos los unos de los otros porque nos dogmatizamos, cuando vemos a los demás como rivales o enemigos, cuando los otros dejan de importarnos porque no coinciden con mis ideas o criterios, entonces, la tiranía de la homogeneidad emerge. Somos iguales en tanto seres humanos, compartimos la misma esencia, es decir, lo que nos hace ser lo que somos. Me gusta mucho como hay personas que definen la esencia de la humanidad como “espíritus encarnados”, a mí, en lo personal me agrada más que la tradicional “animal racional”.

Sin importar la que a ti te simpatice, esa esencia compartida se individualiza, se particulariza, en una diversidad de presentaciones bellísimas: los hay altos, medianos, y bajos; los hay castaños, rubios, pelirrojos y negros; los hay asiáticos, caucásicos, árabes, africanos, maoríes, indoamericanos, etc.

Y la multiplicidad de sus combinaciones; los hay católicos, judíos, musulmanes, protestantes (en todas sus denominaciones), budistas, hinduistas, animistas, ateos, agnósticos, etc.; los hay solteros, casados, separados, divorciados, divorciados vueltos a casar, viudos; los hay estudiantes, profesionales, clérigos, guías espirituales, pastores, imanes, etc.; los hay de diversas nacionalidades que pueden vivir en su país de origen, o que hacen patria en otro país que les acoge.

Y muchas más diferencias que hoy retan a la sociedad a vivir en la misericordia. La misericordia es cercanía, proximidad, es decir, que nuestro corazón esté cerca del que sufre, del que se siente separado, raro, distante. En este ultimo año, se nos ha instado a través de la voz del Papa Francisco a vivir la misericordia. A vivir la compasión, la clemencia, el perdón, la cercanía, la comunión, la solidaridad, a atrevernos a tomar sobre nuestros hombros las cargas que otras personas cargan.

¿Cómo, ante una petición de amor, una parte de la humanidad ha reaccionado a la inversa? Hemos sido testigos de persecuciones religiosas, de martirios, de torturas, de genocidios, del aumento de la trata de blancas, discriminaciones raciales y/o religiosas, etc.

Te invito a que no dividas. No murmures. Recibe. Acoge. Abraza. Escucha. Consuela. Anima. Sonríe. Diferénciate haciendo que el amor sea más grande que el miedo, que el dolor, que la discriminación por ser simplemente quién soy.

La soledad de la multitud Por GYG Rosa María Reverté

 

Esta semana quiero aprovechar este medio para expresar algo que me inquieta. Vivimos en una sociedad donde se promueve una educación individual y separatista, la promoción del liderazgo disfraza la competencia exacerbada, dejando detrás de ella, la terrible comparación. Y en lo subterráneo del corazón se esconde la envidia al resentirnos ante el bien ajeno, y la avaricia en el deseo y apego desordenado a los bienes que consideramos propios, nuestra cultura no es solidaria, es decir, no se acerca a aquél que lo necesita.

Muchos de nosotros calmamos nuestra conciencia al dar recursos económicos, lo cual es necesario para sustentar muchas obras a favor de los que carecen de algún bien: salud, vivienda, educación, alimentación, etc., sin embargo, son más bien pocos los que en verdad se comprometen en tanto tiempo y persona para estar cerca del que sufre o lo necesita.

Esto en el ámbito de lo social, pero ¿qué ocurre en el ámbito de la persona? Cada uno de nosotros busca resolver su vida a solas para no despertar lástima, nos creemos autosuficientes y proyectamos una imagen de invulnerabilidad y de bienestar a los demás. Todo esto es una breve introducción a lo que hoy quiero platicar contigo, pareciera que todo es cuestión de ganas, de voluntad, pocas son las personas que saben y se atreven a pedir ayuda. Pedir ayuda, hoy en día, no se ve bien. Pensamos y creemos que podemos solos, reconocernos frágiles es una debilidad que hay que ocultar.

Hoy todo mundo está bien, y detrás de esas máscaras se ocultan vidas solitarias recubiertas de híper actividad profesional y social. Nos desgastamos hablando de lo que hicimos, hacemos o queremos hacer.

A veces, nos atrevemos a hablar de lo que pensamos, pero la verdad sea dicha, siempre bajo la lupa de lo que el otro piensa a fin de tamizar lo que digo y no exponerme innecesariamente, son pocos los que se atreven a sostener sus posturas sin agredir ni sentirse agredidos. Sin embargo, lo más doloroso, es que resulta ínfima la proporción de personas que expresan sus emociones; más bien, expresamos aquellas emociones con las cuales nos sentimos cómodos, o bien, que sabemos de antemano que socialmente son aceptadas o esperadas.

Sin embargo, hay emociones que ni siquiera a nosotros mismos nos atrevemos a admitir. Sabes querido público, la emoción tiene una característica. La emoción se siente en el cuerpo, el pelearte con una emoción no hace que desaparezca solo se anida en alguna parte de tu cuerpo. Por eso es muy peligroso pelearse con ellas, o más aún, intentar no sentirlas.

Hay que buscar formas de permitir a la emoción expresarse, lo ideal es un buen escucha. Alguien que no juzgue lo que ‘vomito’ emocionalmente, que me dé permiso de sentir lo que a mí me asusta sentir, que me dé el espacio de la confidencialidad, que una vez que haya terminado de soltar mi torbellino emocional sea capaz de hacerme preguntas que me lleven a mi interior no al juicio, a discernir la raíz de lo que siento más que a la condena de lo dije, a hacerme responsable de mis reacciones independientemente de las acciones que las provocaron. Otras formas de expresar la emoción es llevar un diario, la pintura, la escultura, escribir o componer poemas o canciones, estos son algunos medios.

Me conmueve en lo más profundo la cantidad de personas que viven existencias solitarias en medio de la multitud, porque temen pedir ayuda. Porque temen ser juzgados. Porque temen saberse débiles. Porque han descubierto que no son omnipotentes. Y sí, hoy en día, gracias a Dios, tenemos profesionales que se dedican a esas heridas emocionales.

Como todo padecimiento hay diversos grados de gravedad, salvo verdaderas excepciones, su desarrollo suele ser progresivo.

Sabes querido lector ¿qué es lo que me duele? que muchos de estos dolores emocionales, podrían no necesitar ayuda profesional sí hubiera habido alguien que se hubiera animado a escuchar.

Sí hubiera confianza en los que amamos. Sí no temiéramos el juicio de los que nos aman. Sí nos hubieran permitido decir no.

Sí sólo escucharan sin el complejo de resolver lo que escuchan. Sí tan sólo no temiera a los que más amo. Sí yo pudiera ser yo sin miedo a no ser aceptado. En un libro de John Powell, sacerdote jesuita, dice palabras más palabras menos: ¿Por qué tengo miedo de decirte quién soy? Porque sí te digo quién soy y no te gusta eso es todo lo que tengo.

Sí en estos momentos, te sientes solo, avergonzado de ti mismo, temeroso de lo que sientes, no dudes en pedir ayuda.

Puedes no poder hablar con los más cercanos, pero puedes acudir a ayuda profesional que te permitirá expresar aquello que te asusta, entristece, preocupa, angustia. Se necesita de mucho valor el reconocer nuestra fragilidad. Gracias y Gracia.

 

 
 

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